Esperaré noviembre.

Esperaré noviembre
para desprenderme de ti.
Para alejarme
como glacial que se derrumba.
Para podar de espinas la boca
y estrenar palabras que florecen sin lluvia
en la piel desnuda,
en los surcos vacíos que dibujan los besos.

 

Esperaré noviembre
por cumplir trescientos sesenta grados
y componer el rostro en metal
que en mil piezas gira en la plaza nueva
y que es el tuyo, exactamente,
por un instante.

 

Esperaré noviembre
para elegir la niebla que empape el tiempo
y entre las manos rezume -como agua tibia-
el néctar primero
que viaje en la lengua del colibrí amante.

 

Esperaré noviembre
para penetrar la tierra y enraizar en la oscuridad profunda.
Y preñado de luz, desprenderme de mi muerte
y germinar,
extendiendo los brazos hacia arriba.

 

Se iluminarán las esferas
de San Marcos y la Ciudad Vieja.
Desfilará el sol y la luna,
los apóstoles y los dioses del firmamento.
El astrolabio adivinará las estrellas
y revelará su nombre a la princesa de hielo.

 

Volará el pensamiento.
Y la hoja seca de otoño.

 

Y será noviembre.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Elijo amarte

Elijo amarte

como la luna al mar

como la primavera a los almendros

como la luz a tus ojos.

 

Elijo abrazarte

como el agua y la música.

Elijo tu gemido limpio.

Elijo tu boca.

 

Enjambrar todo

y regresar a nuestra miel primera:

el hexagonal espacio

de amarillos sueños

y rumorosos besos.

 

Como obrera enamorada

busco tu colmena.

Y necesito

la medida exacta de tus manos abiertas

para descender y posarme,

recogiendo las alas

y los versos.

Y entregar el óbolo dorado

y mi entrañable promesa

de salivar esperanza,

con la pasión necesaria

para colmar tu corazón de reina,

hasta que no quiera,

hasta que no pueda recordar.

 

 

 

 

Tu nombre

Silenciaré tu nombre entre mis versos,

o lo diré como el viento,

arrastrando dulcemente las vocales

hasta conseguir mover tu pelo.

 

Oleré tus ojos de jazmín

y atravesaré tu piel con mi aliento

para expandirme en ti,

hasta alcanzar tu más apartado gen

y entregar el triste poema inacabado

que tantos años llevo escribiendo.

 

Rebuscaré mi corazón

carnalmente desnudo,

para vaciarlo y trasplantarlo junto al tuyo

y permanecer así latiendo, juntos,

tu primero y luego yo, siguiendo.

 

Porque este amor

me impide tocarte

y el miedo a que desvanezcas

acrecienta mi deseo

por alcanzar limpiamente tu esencia

y desde la justa distancia, amarte,

una vez

y otra vez

y otra,

y retenerte y abrazarte

hasta convertir tu maravillosa silueta

en apasionada carne enamorada,

entregada ya,

encadenada por fin a mis brazos.

 

Y escuchar de lejos

ése violín que nadie toca,

que zigzaguea por mi mente

desde una sien hasta la otra.

 

 

 

 

 

 



2018. Enero

Renacer.
Andar un camino nuevo.
Tus ojos esperanzados en un horizonte que amanece.
Y la música, eterna compañera de tus días.

“Tuyo es todo mi corazón.
Donde tú no estés, yo no puedo estar.
Así como la flor se marchita, cuando no la besa la luz del sol.
Tuya es mi más bella canción,
porque florece sólo debido al amor”.

El país de la sonrisa. Franz Lehar.

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Tu voz rotunda clavándose en el aire.
Tu corazón esparcido en cada paso
Y tu sonrisa tatuada en mi alma.

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